Los pecados mediáticos de los padres pueden pagarlos los hijos

En los últimos días se ha producido una efeméride que sería irrelevante, que una chica llamada Andrea ha cumplido 18 años. Es una Andrea muy especial, de hecho, la Andrea más famosa de España. Ella no ha hecho nada más que ser hija de quien es, y las presentaciones creo que sobran: un torero y una mujer que tuvo una breve relación con él.

La muchacha en cuestión ha salido en varios medios de comunicación de sociedad porque ya es legal sacar su cara, ya no hay que pixelársela, ya es adulta. No tiene muchas facilidades de llevar una vida normal en España, así que va a pasar el curso a Reino Unido -ella que puede-. De ese punto quiero irme a otro, el de ahora menores de edad que tienen una exposición mediática sin quererlo: sus propios padres les exponen.

Varios amigos y conocidos que se han estrenado en la paternidad, en la larga veintena o corta treintena sobre todo, publican orgullosos fotos y vídeos de sus hijos. En principio no son públicas, sino que son accesibles a un grupo de amigos, familiares y allegados. No todas las redes sociales tienen el mismo grado de protección. Los que hemos escarmentado al respecto o nos hemos informado sabemos que hay que ir con mucho cuidado sobre qué se publica, quién puede verlo y qué caducidad tiene ese contenido.

En mi habitación tengo un album de fotos que empieza con mi madre embarazada y continúa con todas mis primeras fotos. Están en papel fotográfico, color y blanco y negro, pero la audiencia potencial es 0: si no sale de aquí nadie más lo puede ver.

En 1983 no existían las redes sociales informatizadas -no en el sentido que las conocemos hoy, claro- y mis padres no tuvieron la posibilidad de que mis primeros días quedasen inmortalizados en Internet. Si lo hubiesen hecho, nadie me habría preguntado si me parecía bien o no, aunque tampoco habría tenido madurez para contestar.

Cuando llegué a adulto, en 2001, no existían fotos de mi infancia o adolescencia en Internet. No, no existen, nadie las subió. He pasado a algunos amigos fotos de cuando era un escuerzo que pesaba 55 kg, de mi primera borrachera y de otros tantos episodios que nunca he pretendido que sean vox populi. Afortunadamente para mí, ese contenido lo tengo controlado y nadie puede acceder a él con facilidad.

¿Qué tiene que ver todo esto con Andreíta? Muy sencillo. La moza está pagando por los pecados de sus padres, esos que tantas páginas de revistas y horas de televisión han ocupado, aunque más la progenitora que el progenitor. Aunque no quiera quemarse en la hoguera de las vanidades, los buitres de la “prensa rosa” tardarán años en dejarla en paz. Y si quiere quemarse, seguro que hay muchos platós esperando a que se pase a hablar. Interviú ya tiene preparada una partida presupuestaria para poner sus pechos en portada. No me miréis mal, legalmente ya no es problema alguno. Hasta Torbe podría contactar con ella y hacerle cierto tipo de proposición indecente.

Si la progenitora en cuestión no se hubiese dedicado durante años a contar sus miserias y alegrías, ahora mismo su hija podría llevar una vida normal porque carecería de interés (cójase “interés” con pinzas)

Dentro de unos años, todos esos niños que han crecido con sus fotos publicadas en Internet se harán adultos, como Andreíta. Ese material seguirá siendo accesible a menos que caigan las empresas tecnológicas más poderosas del mundo. En Internet no existe el olvido, hay que luchar en los tribunales y eso no garantiza desaparecer al 100%. Lo que se sube, ahí se queda. ¿Alguien ha pensado en las consecuencias que eso puede tener a largo plazo?

A muchos niños seguramente no les importará, porque vivimos en una época en la que el exhibicionismo está a la orden del día. Sacamos fotos y vídeos con el deseo de compartirlos con los demás, unos desaparecen en 24 horas (en las “stories” de WhatsApp, Instagram, Snapchat…) y otras permanecerán durante décadas. Posiblemente los bisnietos podrán ver al bisabuelo darse su primer hostión en correpasillos en HD/4K y darle a “Me gusta” aunque hayan pasado 80 años. En esa dirección vamos.

Fui de las primeras generaciones que se crió en un mundo digital y no es que me produzca temor, pero sí considero que debe utilizarse con responsabilidad. Por ejemplo, cierto familiar mío publica fotos de un bebé en el que nunca se le ve la cara. De hecho, dicho bebé no podría reconocerlo ni a un metro porque no le he conocido físicamente. Al principio me parecía algo enfermizo, pero ahora lo considero más responsable.

Tened mucho cuidado con lo que publicáis sin unas preferencias de privacidad bien ajustadas. A medio y largo plazo puede suponer un agravio para esas personitas que un día dirán palabrotas, follarán, se depilarán la entrepierna y se emborracharán. Todos tenemos que crecer, todos fuimos niños, nos hacemos adultos, y si no se interrumpe el curso natural, acabaremos arrugados y grises. Se llama vida. No todo tiene por qué acabar en Internet, al alcance de una persona que no queramos que acabe teniendo ese material.

Puede parecerte este texto cínico, que sufro manía persecutoria o que no sé adaptarme a los nuevos tiempos. Cuando los niños se hagan adultos y compartan en redes sociales fotos de su visita a una playa nudista o una borrachera épica, chapeau por ellos, será su elección. Mientras no tengan capacidad de decidir, lo de compartir sus fotos y vídeos con gente estrechamente ligada a ellos me parece comprensible, pero extender eso mucho más… yo no lo haría.

Tampoco me parece responsable poner ciertas facilidades a los menores para que se saquen selfis y postureen. Mi primer móvil lo tuve a los 15 años: servía para hablar por teléfono e intercambiar SMS. Llamadme retrógrado, pero por debajo de esa edad, si un menor ha de tener un móvil, no necesita tener muchas más prestaciones. Podríamos preguntarle sobre el tema a los padres que tienen hijos (niños o niñas) que se intercambian fotos incluso en pelotas, incluso cuando apenas hay algo que mostrar (12 años e incluso menos).

No se pueden poner puertas al campo, efectivamente, pero si no se hace un uso responsable de la tecnología, a largo plazo alguien puede lamentarse. Donde no impere el sentido común, pues hay que mantener unas elementales precauciones. Ya habrá tiempo para el exhibicionismo, en mayor o menor grado. Dejemos a los niños ser niños, y ya cuando sean adultos que hagan lo que les salga de las narices, que tendrán que apechugar con las consecuencias de sus propias acciones.

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