Economía, Reflexiones

Lecciones del coronavirus: el «just in time» ha muerto

Los españoles cumplimos tres semanas de confinamiento obligatorio hoy a causa de la pandemia del coronavirus, no hemos sido más hogareños en nuestra puñetera vida. Trato de sobrellevarlo como puedo: trabajo las mismas horas, entretengo el tiempo muerto aprendiendo sobre sonido digital de alta fidelidad e intercambio cariño -casto- con una gata. He salido a comprar lo imprescindible, apañar los coches para que aguanten sin actividad, tirar la basura y acudir a una entrevista (lo dejamos para otro día).

En estos días todos tenemos mucho que pensar, porque de cada crisis hay que aprender alguna lección y así evitar que vuelva a ocurrirnos algo parecido. Hemos aprendido el valor de la higiene, a darle reconocimiento a los sanitarios, policías, militares, bomberos, conductores de ambulancias, cajeros de supermercado, transportistas… hasta nos alegramos de ver al mensajero que nos trae paquetes. Ahora me quejo de que vienen días antes de lo previsto por la plataforma logística…

Circula por WhatsApp un vídeo de un pastor con fuerte acento del norte en el que comenta que en «cuatro días» se están arruinando empresas y autónomos. Dejando al margen la formación que pueda tener el paisano, hay una cosa en la que tiene una razón brutal,  es que cuando no hay colchón no hay con qué amortiguar las hostias. Nuestra sociedad se ha acostumbrado al «just in time», las cosas en el acto o «justo a tiempo».

El «just in time» se estudia en economía e ingeniería, es una filosofía que -a grandes rasgos- se basa en almacenar lo mínimo y producir cosas con un flujo constante de materias primas o productos intermedios. Se compra lo que se necesita, no se hace acopio (para reducir costes de almacenaje), y se vive día a día. Básicamente es eso, no pretendía definirlo académicamente.

¿Cómo se traslada eso a nuestra vida diaria? Cuando se vacía la nevera, compramos. Cuando se gasta el papel higiénico, se compra más. Nos vamos de viaje o nos compramos caprichos sin pensar en los ahorros. No hacemos planes de contingencia, damos por sentado que podemos comprar cualquier cosa rápidamente. A una escala más gorda eso ha pasado con mascarillas, guantes, respiradores y los famosos equipos de protección individual (EPI). No había planes de contingencia.

Sé que alguno me dirá: «joder Javier, esto no había quien pudiera preverlo». Y un carajo, la OMS ya avisó de posibles crisis pandémicas hace 15 años. En un artículo de El Confidencial -con datos del INE- podemos ver cómo el ahorro medio en el hogar español cayó a la mitad desde la crisis del 2009, en la que empezó a valorarse más eso del «guardar para cuando no haya». El capitalismo promueve la eficiencia, y protegerse de algo así es un gasto superfluo hasta que un problema no estalla en la cara.

Hace unas semanas me dio por ver una antigua película inglesa que contaba cómo serían los prolegómenos de una III Guerra Mundial (la que se haría con pepinos nucleares) en clave de docudrama: «Theads» (1984). Va en la línea de un equivalente estadounidense, «The Day After» (1983), que también pone al espectador en su sitio ante un problema al que no se puede hacer frente de forma ordenada.

Ante una crisis tan gorda no hay sistema sanitario que aguante, no hay sistema democrático que permita mantener todos los derechos, simplemente nuestro estilo de vida se va al carajo. Recomiendo las dos películas por su potente efecto de reflexión, después de habernos amargado la tarde. El efecto siguiente es valorar muchas cosas, como poder pasar una crisis en casita con Internet, cervezas en la nevera, papel higiénico suficiente, calefacción y vídeos de coreografías de sanitarios o unos simpáticos africanos llevando ataúdes al ritmo de música máquina reinterpretando las leyes de la selección natural.

¿Qué podemos aprender de esta horrible experiencia colectiva? Que el que ahorra y es mínimamente previsor no es precisamente un idiota. Hay cosas que forzosamente se han de consumir al estilo «just in time», como la comida, la gasolina, el agua potable o el gas ciudad. Vale. Hay otras que se pueden mantener en un stock razonable, dentro de las posibilidades de cada uno. Pero sobre todo estoy pensando en ahorros ante momentos duros, eso a nivel microeconómico, la economía de cada uno.

La caída del tráfico aéreo ha sido salvaje durante estos días, la humanidad se mueve por encima de sus posibilidades, y algún día habrá que meter mano a las aerolíneas: que haya impuestos por el queroseno, recortar subvenciones, que no puedan volar aviones medio vacíos, etc. Tanto avión está abrasando la atmósfera a CO2 (y otras cosas que son más dañinas que el CO2). Estos días el planeta los va a agradecer, os lo aseguro. Y luego tenemos los huevos de quejarnos de un virus, cuando el homo sapiens sapiens es el peor de todos…

No, volar internacionalmente a precio de autobús o tren regional no es un derecho con el que hemos nacido. Hay que pagar por lo que valen las cosas y así podremos apreciarlas

Permitidme contar una breve anécdota. Hace unos años hice un viaje en coche de Madrid a Sevilla con Blablacar -siempre de conductor- y llevé a dos chicas. Una era de Torrejón de Ardoz e iba a ver a un «amigo especial». La otra se subió dormida, era suiza, y había llegado a Madrid la noche anterior en otro viaje en coche desde a tomar por culo. Estaba haciendo un Berna (Suiza)-Portimao (Portugal) en coche. Se despertó a la altura de Mérida, más o menos.

Cuando le pregunté por qué pegarse semejante paliza por carretera, me dijo algo que se me quedó grabado: «meterte en un avión, bajarte y haber llegado no es viajar. Estoy viajando». Por cierto, dio la casualidad de que el «amigo especial» de la otra pasajera iba exactamente al mismo lugar y continuaron el viaje los tres. Cuando todo esto acabe valoraremos más un viaje en coche hasta Málaga, por poner un ejemplo, porque lo del turismo internacional a cascoporro creo que estará limitado un tiempo…

Las cosas que son muy baratas se suelen minusvalorar, cuando no se desprecian. Solo un necio confunde valor y precio.

Vuelvo al vídeo del pastor que se está viralizando. Vivir al día nos hace vulnerables a cualquier contratiempo: una avería del coche, un despido, una matrícula universitaria, que el niño necesita ortodoncia, una derrama de la comunidad de vecinos, que el IRPF sale a pagar, un mal mes de facturación, tener que pagar un abogado para que nos solucione un marrón XXL…

En su momento tuve el culo bastante cubierto: dinero en cuenta de ahorro, acciones, un fondo de inversión, no me gastaba todo lo que ganaba… y cuando me llegó un despido que no vi venir pude aguantar unos cuantos meses gracias a eso con unos ingresos muy bajos. Si me lo hubiese ido fumando en viajes, botes de colonia de 50 pavos, ir a cenar fuera cada dos por tres y ese tipo de cosas, me habrían dado por… sí, por ahí mismo.

Ahora mismo no cuento con semejante colchón, he sido incapaz de levantarlo, pero los detalles creo que no os interesarían mucho. Al menos me puedo dar con un canto en los dientes: la crisis del coronavirus no debería impactar apenas en mis ingresos, y si lo hace, pues tendré que adaptarme. En los últimos 10 años solo me he ido de viaje por puro ocio al extranjero a Turquía (escala) y Japón en 2013, y a Italia en 2017 para hacer un negociete del que ya os hablaré en otro momento. Culpabilidad arrastro poca en ese sentido, creo.

Cada uno tendrá que aprender las lecciones de esta crisis, desde el nivel más básico (uno mismo), hasta el más gordo, los estados y las naciones. El comercio internacional está muy bien hasta que los proveedores te dejan con los pantalones bajados y sin papel, ¿qué tal eso de favorecer la industria nacional y menos externalizar? Ahorrar en almacenamiento está muy bien hasta que sufres una interrupción de suministro y se neutraliza lo ahorrado en meses o años.

Dato: a Volkswagen le cuesta tener sus fábricas paradas en Europa más de 2.000 millones de euros a la semana.

Y recortar en Sanidad implica que una crisis así provoca muchas muertes, lo ahorrado se neutraliza por el coste social, económico y humano. Moraleja, que hay cosas en las que ahorrar no merece la pena, puede ser contraproducente. Por cierto, no estoy haciendo una velada alusión a «los recortes en Sanidad del PP», hablo en un sentido muy general. Y cómo nos alegramos ahora de que exista la Unidad Militar de Emergencias (UME), ¿eh?

John Rambo vivía «día a día». No sirve ese sistema para todo el mundo. Vamos a tener que dejar de dar por sentadas muchas cosas, a cambiar nuestra forma de pensar, replantear nuestra escala de valores, qué es importante, qué no lo es, y qué podemos aprender de todo esto. Para cuando una o dos generaciones hayan pasado, igual esto se ha olvidado, o igual se ha aprendido algo, y para la próxima estamos algo más preparados. Así no dependemos tanto de los que están gestionando este desastre, que hay que echarlos de comer aparte…

Me despido con un artículo interesante de un tal James K. Galbraith, cuyo apellido me suena porque su padre fue el que habló de la «tecnoestructura», lo que estudiaba en economía en Bachillerato, allá por 1999-2000.

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One Comment

  1. Salvador

    Simplemente fantastico tu articulo, clarividente y conciso a mas no poder, muchas mentes con esta lucidez deberian ser escuchadas. Enhorabuena por tu magnifico articulo que suscribo palabra por palabra.
    Un saludo y cuidate Javier.

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