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Miguel Ángel Blanco, in memóriam

Miguel Ángel Blanco

El verano de 1997 no iba a ser exactamente como cualquier otro. Yo acababa de terminar el colegio (última generación en hacer EGB completa, hasta 8º) y me esperaba el instituto y estrenar 3º de la ESO en vez de 1º de BUP. En cuestión de meses me tocaría afeitarme. Estaba en la transición -lenta- de niño a hombre. Era maestro en nada e ignorante en todo, pero me acuerdo de los días de Miguel Ángel Blanco. Esa cara es imposible de olvidar.

Pocos días antes había cumplido los 14 años. En mi «pandilla» estaba Jorge, de 13 años, y Jaime, de 12 (todavía). Solíamos juntarnos para jugar a la Megadrive, para hacer excursiones al campo, reírnos con alguna peli en VHS, ver a escondidas algo de Vía Digital (tras descubrir un fallo en el decodificador para saltarnos el control paterno) y echar alguna partida al «Command & Conquer» en un vetusto 486 DX. No teníamos teléfono móvil, ninguno. Eso no fue óbice para conocer la historia de un desconocido concejal de Ermua, población que no sabía situar en el mapa.

Internet existía, pero no la usaba entonces, me enteré por el telediario y creo que por la radio otro tanto. ETA la había vuelto a liar, secuestró a un concejal y amenazaron al Estado: o traían a los presos de ETA al País Vasco o los terroristas matarían al rehén en 48 horas. Mis amigos y yo dimos por sentado que pasaría lo que pasaría, que cumplirían su amenaza, ya que Aznar dijo que no se iba a negociar con terroristas -aunque acabó haciéndolo en el año siguiente-. Solo unos días antes unos policías habían liberado a Ortega Lara del zulo donde ETA le había enterrado vivo. Éramos muy jóvenes, pero no éramos ajenos a todo eso.

La tarde del 12 vencía el ultimátum dado. Estábamos expectantes de saber qué ocurría con Miguel Ángel, mas no podíamos hacer nada por él, solo esperar. Solo éramos tres preadolescentes, pero desde pequeñitos sabíamos que había una gentuza que se dedicaba a matar gente, y de vez en cuando nos amargaban a todos como sociedad. Si no a todos, a una inmensa mayoría, y fuimos acumulando hartazgo durante años. Me refiero a todos los españoles vivos en ese año que teníamos conciencia de nosotros mismos.

La noticia llegó esa tarde, dos hombres habían encontrado a Miguel Ángel maniatado en Lasarte, boca abajo, con dos disparos en la cabeza. Agonizaba. Los etarras o le dieron por muerto, o el que apretó el gatillo era muy mal tirador, o lo hizo a propósito para que sufriera. Miguel Ángel falleció al día siguiente, el 13 de julio, antes de que saliese el sol, sin haber cumplido 30 años. Fue un asesinato cobarde y vil, la gota que colmó el vaso. No supimos inmediatamente quiénes fueron los autores materiales e intelectuales.

ETA ya había asesinado a cientos de personas en aquella época. Ya había demostrado que le daba igual matar a militares de forma selectiva que a mujeres y niños de forma indiscriminada. No luchaban por la libertad de nadie, eran simplemente gentuza que había que encerrar en la más sombría de las cárceles y tirar la llave al mar.  Antes de que fuese ejecutado llegaron unas manifestaciones multitudinarias, las manos blancas alzadas en alto y un mensaje que todavía retumba en la memoria colectiva: «¡BASTA YA!» y «¡ASESINOS!»

El miedo había cambiado de bando.

Los terroristas no solo no lograron su objetivo, sino que crearon una animadversión aún superior hacia ellos. Fue uno de los hitos que llevó al debilitamiento político, económico y militar de la banda, que fue perdiendo apoyos hasta que la acción policial les dejó tiritando. Siguieron matando, pero ya eran como un zombi: letal, pero un cadáver en descomposición.

Han pasado 23 años de eso. En 1997 nació la generación con la que he ido a la Universidad para estudiar Periodismo. No les culpo por no saber quién era un hombre al que asesinaron cuando estaban en un capazo o en el vientre de sus madres. Tampoco les culpo porque la parte moderna de ETA se haya visto en Historia Contemporánea a toda velocidad y si acaso Miguel Ángel Blanco saliese en una diapositiva de otras decenas de temario. No les culpo por no tener memoria, de la misma forma que yo solo sé lo que pasó en 1983 por los libros.

El pasado fin de semana los herederos políticos de ETA sacaron 22 escaños en el parlamento vasco. Sí, ya no ponen bombas lapa, ni secuestran, ni dan tiros en la nuca. Se han ido blanqueando con los años hasta ser un partido de izquierdas más, a ojos de muchos electores. Los nuevos abertzales han visto que logran más con la política que con el terrorismo. En Ermua, donde Miguel Ángel Blanco fue concejal de 1995 a 1997, EH Bildu ha sido votado por 1.333 personas, el 21,24% de los sufragios, considerando que la mitad del censo no fue a votar (50,61% de participación). Da que pensar.

Lo dije el otro día en Twitter, hay partidos políticos que no pelean por ciertas ideas que EH Bildu sí defiende y hace que votarles sea mínimamente atractivo -perdón por la expresión-, como el medio ambiente. ¿Por qué la gente con conciencia ecologista no se ha visto representada en otras fuerzas políticas? ¿Los que votaron a EH Bildu son mala gente, tienen amnesia o simplemente los ven como una fuerza política más? Como partido de izquierdas que es, les ha votado mucha gente joven. ¿Qué sabrán de ETA? Igual los nombres de Lasa y Zabala les suenan más.

Que me aspen si un crío de 14 años sabe hoy día qué es ETA. Han tenido la suerte de no ver en las noticias las imágenes de un coche bomba reventado, un cuerpo tirado en el suelo rodeado de policías o de gente saliendo de un edificio humeante y ensangrentada. A lo mejor les suena de lejos algo del terrorismo yihadista, porque el terrorismo autóctono ni les suena. Si acaso habrán visto algo en una teleserie en Movistar+, «La línea invisible», poco más.

Si ETA hubiese secuestrado hoy día a Miguel Ángel Blanco, Internet habría sido un hervidero. La chavalería se habría intercambiado sin parar stories de Instagram, WhatsApp o TikTok, como hicieron con George Floyd, un afroamericano que hemos visto morir por abuso policial a hacer puñetas de España. Los youtubers pedirían que lo liberasen sin un rasguño. La prensa y los políticos estarían unidos en la exigencia de su liberación, salvo unos pocos indeseables. Y dentro de 23 años no le habrían olvidado.

Olvidar a Miguel Ángel Blanco y lo que representó es como volver a matarle. No fue uno más de los 800 y pico que asesinó la banda terrorista. Fue alguien cuyo magnicidio llevó a la sociedad a alzar su voz y reventar las calles (aunque sin dañar el espacio público), incluso antes de consumarse. Echo de menos aquel espíritu de unidad. La política actual amarga la digestión a cualquiera, los unos llamando fascistas a los otros, radicalidad por doquier, desinformación, expertos en nada opinando de todo y blanqueamiento de gentuza de cualquier bando. Al menos los que blanquean a Franco se están muriendo de viejos.

¿Cómo salir de la espiral viciosa de que los jóvenes no tengan esa memoria colectiva? Supongo que hay una manera, la misma por la que hoy día todo el mundo hable del franquismo (cuando los que realmente lo vivieron son ancianos o muy talluditos ya) con mayor o  menor cierto. No se debe olvidar el daño que hizo ETA al conjunto de la sociedad, tanto vascos como los demás españoles. Debe ser lo mismo que el Prestige para los gallegos, un «nunca mais», o el «never forget» de los estadounidenses con el 11-S. Apuesto a que el adolescente de EEUU medio sí sabe lo que pasó el 11 de septiembre de 2001 aunque no supiese por entonces ni leer ni balbucear dos palabras.

Y así ha de hacerse hasta que se muera el último etarra, y hasta que se canse o calle definitivamente el último que aún los justifica. En cuanto al resto de partidos políticos, que se pregunten qué no están ofreciendo y EH Bildu sí, al margen evidentemente de las reivindicaciones territoriales, lingüísticas o culturales «de aquella manera».

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2 Comments

  1. buruburu

    Un oportuno recordatorio.
    Yo ya tenía más de 35 años y, desde una cercanía geográfica y social mucho mayor, confirmo lo que escribes.
    No solo es importante aprovechar las lecciones de lo que uno ha vivido: también es importante estudiar la historia para nuestro presente.
    Y por eso los dictadores (elegidos democráticamente o no) tienen tanto interés en manipular la historia.

    Reply

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