Personal

Aplicación e-park

Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío. Ahí va una ración para los creadores de la aplicación móvil e-park para pagar la zona azul o verde en varias ciudades, incluyendo Segovia. Normalmente cuando pruebo una aplicación móvil quedo con mejor sabor de boca, pero esta vez aún me resulta amargo el trago. He salido un poco perjudicado, a cambio voy a tocar un poco las pelotas, que no falte el derecho a la pataleta.

A finales de diciembre me acerqué a las oficinas de la DGT de Segovia para hacer un trámite, ya que en Madrid me daban cita para enero (o no me la daban) y me corría algo de prisa. En otra ocasión que fui allí utilicé el aparcamiento subterráneo, del Acueducto, que en solo una hora fue un buen pico. No quería otro sablazo, así que opté por aparcar en la zona azul, a la vista de que aparcar gratis implicaba andar un trecho enorme.

Hice un primer estacionamiento y lo pagué de la forma tradicional, en la maquinita de la acera, puse mi tique, y cuando volví no había multa pues andaba sobrado de tiempo. Me desplacé a otra parte de la ciudad donde me llevé otro navajazo, 1,80 euros por imprimir dos hojas a color. Era un anticipo de lo que me venía encima. Tenía que volver a la DGT con nuevos papelitos. El segundo estacionamiento lo pagué con la aplicación e-park, en la que tuve que hacer una carga inicial de 5 euros, que debían sobrarme para aparcar durante horas. Iluso de mí.

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Economía, Personal

Muy recientemente conocimos las intenciones del Ayuntamiento de Madrid de declarar la guerra a la contaminación y a poner patas arriba el modelo de movilidad de la capital en pocos años. De todas las medidas anunciadas -30 ni más ni menos- había que leerse el PDF completito de 160 páginas. En él se encuentra la siguiente perla, página 83:

“Horario de prestación del servicio [del SER]: Adecuación de los horarios de regulación en zonas que presentan especiales características de demanda de transporte privado tanto en horario nocturno como en sábados tarde o domingos y festivos.”

Si los parquímetros empiezan a funcionar las 24 horas del día en los pocos sitios de la ciudad a los que tengo que ir, directamente dejaré de ir. Mi coche ultracontaminante no empeorará el problema de Madrid, aunque me haya gastado 3.000 euros en ecotuning para que sea lo más limpio posible (híbrido Euro 5 a GLP, que pasaría Euro 6c con la punta de la nariz). El escape es tan limpio que a veces es más sano lo que sale del tubo que lo que me entra por la admisión.

Sé que mi caso no es representativo, pero lo voy a exponer de otra forma.

Desde que hay que pagar por aparcar en Madrid, he procurado ir a la capital lo mínimo posible, y he tratado de reducir mis incursiones capitalinas al horario en el que no funciona el SER, que los operarios merecen descansar. Mi bolsillo también. Aunque hay que pagar, encontrar aparcamiento en según qué zonas es una odisea. Lo sé, y ser vecino en esos barrios tiene que ser un infierno. Mi coche antiguo ni se me ocurre bajarlo a Madrid, para que me lo arañen aparcando o quede tiznado con porquería aérea, lo dejo donde está.

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Personal

Toyota Prius

Yo, al igual que otros tantos españoles, soy madrileño. De segunda generación, si obviamos el hecho de que mi padre vivió unos años en Ávila. Es realmente complicado encontrar madrileños de tercera generación, creo que no conozco ninguno. Perdonadme, que me enrollo. Como buen madrileño, he frecuentado la ciudad de Madrid.

Cada vez que voy, se me quitan las ganas de volver. Debo reconocer que muchas cosas han ido a mejor, como la cobertura del transporte público, soterrar la M-30, los intercambiadores gigantes como Avenida de América o Moncloa, etc. Sin embargo, esta ciudad está progresando en hostilidad contra el automovilista de forma alarmante.

El pasado viernes tuve la genial idea de irme con mi novia a ver una ópera en el Teatro Real, las entradas estaban compradas desde hace meses. Veníamos en coche desde Sevilla y se me ocurrió hacer lo que he hecho durante años, que es dejar el coche aparcado en Moncloa y luego continuar en metro.

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Curiosidades

Esta mañana mi compañero Nicolás me ha enseñado un impactante documento gráfico en su teléfono móvil con cámara. En nuestro campus, ubicado a las afueras de un pueblecito, donde acaba la civilización y el conocimiento, empieza un camino rural con más boquetes que la ruta Ho-Chi-Minh. Muchos vamos en coche y el aparcamiento se queda muy pequeño, asi que más de la mitad de los coches hay que estacionarlos de forma más o menos regular, pero este caso se lleva la palma.

Uno de los lugares menos agradables de aparcar es en el citado camino. Lo más normal es aparcar en los laterales, para que pueda pasar al menos un coche o el ganado, puesto que es una vía pecuaria. Esta mañana alguien pensó que “pa qué” iba a aparcar en los laterales y ensuciar las llantas de su Corsa si puede dejar el coche justo en medio de forma que una moto o una vaca anoréxica puedan pasar. Y los que habían aparcado al fondo, que se jodan.

Sí, con el freno de mano echado y todo, eso es aparcar echando morro y el Coyote es a su lado un aficionado. No tardó ni una hora en desaparecer, seguramente por obra y gracia de la señora grúa. Quizás soy demasiado malpensado y se quedó sin combustible mientras hacía maniobras para aparcar.

Gracias por la foto Nico 😉