
A veces hay gente que me pregunta cuál es mi coche particular: la respuesta es ninguno. Mi poder adquisitivo de momento no me permite meterme en una compra de ese calibre, aunque a veces pienso en rescatar de un taller de Cercedilla un Volvo 66 de los años 70 que espera que mi madre y yo nos acordemos de él. Tiene 12.000 km y hay que cambiarle algunas piezas.
En fin, a lo que iba. Ha quedado claro en varias ocasiones que me decantaría antes por un diesel que por un gasolina, en muchísimos casos prefiero el tacto del motor de gasóleo y las prestaciones útiles (recuperaciones) frente a las sensaciones de ver la aguja de las revoluciones en más de 6.000 mientras apuro marchas y a la suavidad de los gasolina.
Obviamente, no dejaría de hacer mis números y calcular la rentabilidad del coche, no compraría un diesel sólo por ser un diesel, la decisión ha de meditarse. Sin embargo, he visto la luz, y tras probar coches propulsados por gas, mi elección está clara: ¡quiero uno!
