Siento mucho el «parón» que tiene últimamente el blog, dispongo de poco tiempo y no estoy pasando una buena racha.

Siempre hay un momento en la vida en que dos personas no se van a volver a ver, o por una temporada, o para siempre. Las despedidas son amargas, y cuando se sabe que es para siempre, es muy doloroso a menos que deshacerse de cierta persona sea un mal menor. Es un mal trago, y puede tener solución a corto, medio o largo plazo… o no.
En nuestra vida hay muchísima gente de la que no nos despedimos, pero no volvemos a ver. Compañeros de colegio, profesores, amigos, vecinos, ex-novi@s, dependientes… gente con la que compartimos lazos y que nunca nos hemos despedido de ellos. Y nos podremos sentir mal por no habernos despedido de cierta persona por tener miedo a pasarlo mal, o simplemente por no saber que iba a irse, o por puro pasotismo.
Mucha gente ha tenido la desgracia de perder a una persona por fuerza mayor o un accidente, y nunca tuvo la oportunidad de despedirse. No soy capaz de pensar hasta dónde llega la angustia de una persona que ha tenido una pérdida y no puede volver a decirle cuánto le quería, lo bien que le caía, lo especial que era para él… En la confección de algún artículo de los que se han podido leer aquí, he podido conocer sentimientos de personas que han perdido a alguien demasiado importante para ellos: un marido, una hija, un hijo, un padre, un amigo…


