A menudo me asusta al ritmo al que pasa el tiempo, pero hoy hacen cuatro años que compré mi segundo coche, el «colorao», un Toyota Prius 3g, fabricado más o menos en agosto de 2009, y que compré de ocasión con 42.230 kilómetros. Soy su segundo dueño, el primero fue un empresario de Cartagena.
Hemos recorrido juntos 85.070 kilómetros, aunque hay que descontar algunos por haber prestado el coche puntualmente. Sale una media de 21.267 kilómetros al año, que no es precisamente un mal ritmo. La aplastante mayoría se han recorrido usando gas licuado de petróleo (GLP) como combustible, el resto con gasolina y bioetanol, cuando aún salía a cuenta.
Sé que no es el coche más deportivo del mercado, que a algunos ni les parece bonito, o que tiene unos interiores demasiado plasticosos. Pero hay una cosa que tengo que agradecer, en todo este tiempo, no se me ha fundido ni una puñetera bombilla. Solo ha ido al servicio oficial para pasar revisiones, más una vez que se quedó sin batería de 12 voltios, seguramente por haberse quedado una luz encendida. Nada ha fallado.




