Hacía dos años que lo había adquirido, un viejo hierro de los años 50-60. Me había dado por llevar un coche muy antiguo, para moverlo poquito, solo por sentirme un poco más conectado con la vieja escuela. El primer año apenas se movió, el segundo ya sí lo utilicé un poco más.
Un buen día, llegué a un taller, donde estuve hablando con unos mecánicos, y acabaron preguntándome por mi viejo clásico. Tuve que acabar admitiendo, no sin gran vergüenza por mi parte, que no le había hecho ni la más elemental operación de mantenimiento en dos años. El coche me había costado 2.000 euros, pero mis bolsillos estaban vacíos, y no podía permitirme ni cambiarle el aceite.
Me excusé en el poco kilometraje, menos de 5.000 km en dos años, y que el coche iba «fino fino». Iba como tenía que ir un coche con más de 50 años encima, con sus achaques, sus ruiditos y su aroma a experiencia. Tampoco era un coche de uso habitual.






