Siendo inminente la presentación pública de mi primer libro, «Tranquilos, que yo controlo», me he hecho una pregunta: ¿y cómo me metí en semejante lío? No fue ni por el oro ni la plata, y mucho antes de plantearme siquiera empezarlo, ya había estado años difundiendo, con mayor o menor éxito, los conocimientos para comprender los fenómenos que hay detrás de los mal llamados accidentes de tráfico.
En todo mi círculo de amigos y familiares solo tengo constancia de una víctima mortal en un accidente de tráfico, y fue mi bisabuela Carmen. Ella murió antes de que yo naciese, conduciendo un SEAT 600, y por ironías de la vida, era la madre de mi abuelo, Paco Costas. De lo poco que sé de aquel suceso es que ella no tuvo la culpa.
Varios de mis amigos han tenido accidentes de poca consideración, de esos que se cuentan, aunque algunos han tenido sustos de muerte, como el de un amigo, o como el de una amiga. Pero mentiría que mi motivación fuese proteger a mis allegados, a decir verdad, hice esto sin pensar en quiénes serían los beneficiarios. En otras palabras, para cualquiera que quisiese hacerme caso…




